Nace El
Fuerista. Órgano antiborreguil
«Salimos a la calle cuando nadie
nos espera y produciremos la misma extrañeza que causa el madrugador cuando
todo el mundo duerme. Volveremos a salir cuando nos apetezca: para más claridad
cuando nos dé la “real gana”.
»No vamos a ser el periódico
sesudo. Ni uno más de los “cuarenta iguales”[1], seremos el
guerrillero de la prensa. Nuestros artículos se escribirán detrás de la mata,
en la ezpuenda o en la calle, al compás de la vida y con la agitación del
preocupado, del que tiene ideales. Por eso nos titulamos “El Fuerista”, porque
los Fueros son personalidad, criterio propio…
»Y para eso lo del “órgano
anti-borreguil”, porque pretendemos poner inquietudes en esas gentes que están
sobrecogidas por el temor a pensar por su cuenta, o de esas otras que se les ha
olvidado qué es pensar; y clavar banderillas de fuego en aquellos que no hacen
sino empujarse en su desordenado afán de llegar los primeros a la escudilla.
»En resumen, que, como hemos
conocido una generación heroica, no podemos vivir encogiendo los hombros ni
agachándose, sino con la cabeza alta, muy alta, como aquellos que no la bajaron
ni cuando silbaban las balas.»
Con estas palabras escritas por la mano de mi
padre —José-Ángel Zubiaur Alegre (d.e.p.)— se presentaba el número 1 del año 1
de El
Fuerista. Órgano antiborreguil. Era
el mes de enero de 1954. No era propiamente un boletín clandestino del Carlismo
navarro con afán de permanencia en el tiempo, sino unas hojas —al principio
ciclostiladas— surgidas al socaire de los designios antiforales del Gobernador
Civil de Navarra. Invocando la foralidad en peligro, querían ser —en la intención de mi padre— un revulsivo para los carlistas
que estaban metidos en casa.
Y es que mi padre había recibido de las más
altas instancias de la Comunión Tradicionalista el encargo de reorganizar el
Carlismo en Navarra, que tras el esfuerzo de la guerra y el desconcierto de la
unificación en “Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva
Nacional Sindicalistas” —mira que el parto era largo— (FET y de las JONS o FET) había
quedado en parihuelas.
Impreso en mal papel, la mancheta remedaba la
de aquél El Fuerista. Periódico político
vascongado, que fundara en 1.867, en Vitoria, el carlista Ramón Ortiz de
Zárate, o la de su sucesor El Fuerista.
Defensor de la autonomía municipal, que el 28 de septiembre de 1.924 titulaba
“Álava no quiere una Diputación provincial”, sino foral. Malos tiempos fueron
aquellos para los Fueros y malos eran los 1.950 para los navarros, por obra y
gracia de la miope visión de centralistas deseosos de hacer méritos en Madrid,
ignorantes de que tras de sí dejaban una estela separadora. Porque no se conoce
todavía centralismo uniformista que no haya sido separador y abono de los
separatismos.
De El Fuerista. Órgano antiborreguil se
publicaron únicamente cinco ejemplares, que fueron suficientes para desquiciar
al Gobernador y Jefe Provincial del Movimiento, porque éste sospechaba su
origen, pero no podía probar el quién, el cómo ni el dónde. El editor era mi
padre, a su vez autor de la mayoría de los artículos y venenosas chanzas. Le
seguían el P. Hermenegildo Barbárin, fraile corazonista del convento de San
Fermín de Aldapa de Pamplona, y algún carlista más joven que también echaba su
cuarto a bastos con el pelele del “Poncio”.
Contaba mi padre dos anécdotas sabrosas a
propósito de la edición de El Fuerista. La primera tuvo que ver
con un registro policial en nuestro domicilio, donde tenía también su bufete de
abogado. Llegaba al portal del número 3 de la entonces plaza de la Argentina (hoy
del Vínculo) de Pamplona, cuando fue abordado por dos policías, quienes le
manifestaron que tenían orden de practicar un registro en su domicilio. Como
quiera que no eran portadores de mandamiento judicial alguno, en uso de su
derecho mi padre les propuso que asistieran dos testigos de su confianza, a lo
que no tuvieron más remedio que acceder. Pasaban en ese momento por la acera
los hermanos Francisco y Ramón Irujo González-Tablas, industrial y odontólogo
respectivamente quienes, tras ser puestos someramente en antecedentes por mi
padre, se prestaron a asistir al registro en calidad de testigos. Subieron a
casa y mi padre les ofreció asiento en un tresillo de piel que tenía en el
despacho, mientras los policías abrían armarios y cajones y hojeaban las
decenas de libros que tenía mi padre en su biblioteca jurídica. Nada encontraron
y rendidos levantaron acta, la firmaron y todos se despidieron. Resulta que los
hermanos Irujo habían estado sentados sobre los cojines de pluma del tresillo, bajo
los cuales se encontraban los ejemplares del Fuerista pendientes de
distribuir. ¿Quién pudo pensarlo? A las pocas horas sabía todo Pamplona lo del
registro infructuoso.
La segunda se produjo cuando volvía de pasar
un fin de semana con su mujer e hijos en Leiza (Navarra). Debía ser el mes de
julio de 1954. Como mi padre no conducía, regresaba a casa en el autobús de
línea, de la compañía Aresoarra. Dio
la casualidad que, entrando a la estación de Pamplona, el autobús no se detuvo
en su andén habitual, sino que lo hizo en la parte de enfrente. Mientras hacía
la maniobra mi padre divisó en el andén a dos conocidos policías secretas que,
sin duda, iban a abordarlo cuando él llevaba precisamente encima los originales
para el próximo número del Fuerista. Tenía que desembarazarse
de ellos… Descubrió entonces cerca de él, entre el pasaje, a una conocida más
que amiga, llamada Marina Cañedo-Argüelles, a la que imperiosamente dijo: «—¡Marina, abre el bolso!». Ella quedó
estupefacta, por lo que hubo de repetirle: «¡Marina,
que abras el bolso!». Y ella, que lo llevaba sobre las rodillas, lo abrió y
allí metió mi padre los papeles de cualquier modo, cerrándoselo después. En
efecto, los policías condujeron a mi padre a la Comisaría, pero ya iba limpio
de polvo y paja.
Bueno, pues de El Fuerista nada se
conservó en casa. Las dueñas, como las de don Quijote, dieron fuego a los
papeles. Sería muchos años después cuando pudimos hacernos con toda la
colección, unas malas fotocopias de unos folios mal impresos hacía un decenio.
Venían dedicadas a mi padre, «en recuerdo
de viejos, pero auténticos tiempos de lucha en defensa de
Dios-Patria-Fueros-Rey. Su amigo, José Romero Ferrer. Liria, 16 de agosto de
1969»[2]. Inenarrable la ilusión que nos hizo la
carpetilla verde conteniendo esos folios. Estábamos de vacaciones en nuestra
casa del Faro de Cullera, en Valencia, y mi padre se lanzó a “devorarlos” mientras
comentaba el por qué de cada artículo y soflama. Aunque Romero le atribuía la
autoría de todos los escritos, no era así y pudo identificar los suyos y los
del P. Barbarin.
A lo largo de todos los años que en vida de
mi padre fuimos de vacaciones a nuestra casa del Faro de Cullera, en Valencia,
mantuvimos una liturgia consistente en que un día, capitaneados por José Romero,
se desplazaban a nuestra casa las fuerzas vivas del Carlismo de Liria, que
hacían con nosotros una merienda-cena de gastronomía y vinos navarros, con buen
apetito y en animada conversación política. Al cabo de una semana toda la
familia les devolvíamos la visita, con paella de conejo en el huerto de
Salvador y larguísima y muy animada parleta sobre cuestiones políticas y
doctrinales, si no lo liaban a mi padre para que les “echara” un mitin en el
Círculo San Miguel, del que era Socio de Honor.
En las vacaciones de agosto de 1990 volvimos
a hablar sobre El Fuerista, porque sería una pena que los protagonistas no
recogieran la narración pormenorizada de «aquella
maravillosa aventura»[3] —así la calificó— en
la que estuvo metido de hoz y coz nuestro gran amigo Pepe Romero. Pepe por fin se
arremangó y dictó «sin
apuntes» 3 folios y medio de unas notas
a fin de que mi padre las confrontara con su memoria, «especialmente lo relativo a la distribución de los números del
Fuerista», el paso de éstos por el cementerio de Pamplona y «la represalia gubernativa y acción policial
contra Vds. los residentes en Pamplona y todo lo demás que yo no viví
personalmente», a fin de hacer «el
consiguiente acoplamiento y en su día poder hacer entrega de la edición del
Fuerista.»[4]

El período que abarca la publicación de El
Fuerista. Órgano antiborreguil abarca los meses Enero-Agosto de 1954.
De él se publicaron únicamente cinco números, con las siguientes tiradas según
el cuadro que presenta Romero, que se contradice con lo que dice más adelante
acerca del número 4. Por la notas de mi padre y las contradicciones de Romero,
yo más bien creo que las tiradas fueron como sigue:
La impresión con una multicopista “Banda” fue
realizada por José Puchol Plasencia en la localidad de Foyos y los números 4 y
5 en la imprenta clandestina que tenía el Requeté de Valencia en la vivienda de
Joaquín Gimeno Salvador, en la localidad de Venta del Emperador[7].
La idea de publicar el boletín surgió con
motivo del viaje de bodas que Pepe hizo con su esposa, Remedios Moros Silvestre,
a Pamplona. El día 1 de diciembre de 1953 visitaron a mi padre, «con el cual desde
hacía unos dos años mantenía correspondiente [sic].
Después de presentarme a su esposa e hijos, y tener una larga conversación en
su domicilio, al anochecer nos acompañó a visitar la Catedral de Pamplona,
donde oímos misa y después fuimos al local social de la Agrupación Juvenil
Carlista el Muthiko Alaiak, donde nos presentó a varios jóvenes Carlistas,
entre ellos, José Jaurrieta Baleztena, Juan de Diego Arteche, Ignacio Astrain,
Paquito Sáez y Cruz María Baleztena, primo hermano del primero […]».
El día 2 de diciembre, tras visitar el Museo
de Recuerdos Históricos con los jóvenes antedichos, «en un bar de la Plaza del
Castillo salió a relucir la idea de poder confeccionar un boletín mensual para
Navarra dada la situación precaria que tenía el Carlismo de dicha región para
la impresión de publicaciones. Se concertó que remitirían al cronista [Pepe Romero] un dibujo con la cabecera del Boletín y
también que el texto del mismo se remitiría a la dirección del joven Carlista
de Liria Enrique Roca Agustín, en la calle de Castellote, número 9, el cual lo
haría llegar a las manos del cronista.
»[…] Efectivamente, a los pocos días, en la forma convenida se recibió en
Liria el dibujo con el título de "El Fuerista" y los textos que
debería contener la publicación, la cual debería estar, en la calle en los
primeros días del mes de Enero de 1954. En la máquina de escribir del Juzgado
Comarcal de Liria, se pasaron los textos a los clichés, los cuales hizo entrega
una vez confeccionado a José Puchol Plasencia, de Foyos, el cual tenía en su
poder la máquina multicopista marca "Banda", que había adquirido
gracias a un donativo de Manuel Bayarri Esteve de Puzol. Pepe Puchol tiró el
boletín en la multicopista y me hizo entrega del mismo en Manises, en cuyo Juzgado trabajaba el cronista[8], donde se procedió a
coser las hojas. A todo esto, recibió una carta de José Jaurrieta en la cual me
decía que un Carlista de Estella, llamado Esteban Retana Madurga, me haría
entrega de doscientos sobres ya franqueados y con las direcciones puestas para
remitirlos a sus domicilios y que el resto hasta mil ejemplares se los
entregara a dicho señor, el que todas las semanas se desplazaba a Valencia con
un camión de su propiedad para cargar género del mercado de abastos de Valencia
en la Calle de Alberique, en el cual estaba el conserje el lealísimo Carlista
Francisco Pla Faus. Efectivamente, sobre el día 3 ó 4 de Enero de 1954, Esteban
Retana llegó a Valencia, donde hizo entrega de los sobres franqueados y a la
vez se llevó el resto de la tirada del primer número de "El Fuerista".
»[…] Los sobres franqueados del primer número se entregaron en la Estafeta
de Correos Central de Castellón, donde el cronista se desplazó en viaje de ida
y vuelta en el tren correo de Valencia a dicha capital, y asimismo unos cuantos
en el vagón correo de Liria a Valencia.
»Por el mismo sistema se remitió
el Número 2 correspondiente al mes de Febrero y en cuanto al Tercero, que
correspondía a Marzo, se enviaron los sobres franqueados desde Tarragona, a donde
nos desplazamos Pepe Puchol y el cronista, y el resto por mensajería a Pamplona
a un domicilio señalado por José Jaurrieta.[9]
»[…] A todo esto, en el mes de Abril
se había adquirido una imprenta clandestina, que se montó en la localidad de
la Venta del Emperador, cerca de Masamagrell, gracias —una vez más— a la generosidad
de Manuel Bayarri Esteve, que la costeó totalmente,
entregando la cantidad de cincuenta y cinco mil pesetas, con la cual se
adquirió la imprenta y se montó en al domicilio de Joaquín Gimeno Salvador, de
la mencionada localidad, y ya había salido [impreso en ella] el primer número de “El Tradicionalista”[10]. Se recibió una llamada
telefónica de José Jaurrieta Baleztena diciendo que mandaba con carácter
urgente una carta al sitio de costumbre, carta que recibida en su domicilio
por Enrique Roca Agustín, contenía un nuevo formato para la cabecera de "El Fuerista", y el texto para un
nuevo número, o sea, el Cuarto, con el ruego de su confección rápidamente y con
una tirada de cinco mil ejemplares. El encargo
se recibió en los últimos días del mes de Junio de 1954 y como quiera que José Pelechá Badía, de
Puebla de Vallbona, y su padre pensaban ir a los Sanfermines, los mismos en dos
maletas se hicieron cargo de la tirada […]. Dichos ejemplares llegaron a Pamplona y
puestos al habla con José Jaurrieta los depositaron en la capilla del Cementerio
de Pamplona de la cual era capellán Don Macario San Miguel Ochoa de Baquedano,
y posteriormente, por los Carlistas de Navarra se procedió a su distribución. De dicha tirada desde Valencia solo se mandaron algunos paquetes
conteniendo ejemplares a Mañeru, Sangüesa, Puente la Reina y otras localidades de Navarra. Asimismo,
José Pelechá y su padre se hicieron cargo y los entregaron en Pamplona en dos paquetes
conteniendo cuatro docenas de "petardos" de gran potencia que se
encargaron, a la vez que el Número Cuatro de "El Fuerista" y que
confeccionó Remedios Yuste Pablo en la fábrica pirotécnica de esta población
propiedad de Juan Faubel Olva.[11]
[1] Choteo a cuenta de los
cuarenta cupones del mismo número de la lotería de la Organización Nacional de
los Ciegos Españoles (ONCE), que entonces voceaban sus vendedores diariamente
por las calles: «¡Cuarenta iguales para
hoy, para el sorteo de hoy!»
[2] AZM/FZA/JAZA-Fuerista-1969-16-VIII
[3] Carta de José Romero Ferrer
a mi padre, de fecha 5 de agosto de 1990. (AZM/FZA/JAZA-Fuerista-1990-5-VIII)
[4] Ibid. id.
[5] Ibid. id.
[6] SANTA CRUZ, Manuel de
(Alberto RUIZ DE GALARRETA), Apuntes y
documentos para la historia del Tradicionalismo Español 1939-1966, t. 16
(1954). Madrid, 1988.
[7] También llamado Lugar nuevo del Emperador o Emperador a secas, entre huertos y
naranjos al noreste de Valencia, lindante con el municipio de Museros, junto a
la carretera antigua a Barcelona. Es el municipio con el término más pequeño de
España. En su día me contó Romero que “la imprenta” salía todos los días al
campo en el doble fondo de un carro, pero creo que confundía la multicopista
que se encontraba en Foyos con la máquina de imprimir, que por el precio de
entonces no sería precisamente portátil.
[8] Pepe Romero pertenecía al antiguo Cuerpo de Secretarios de
Justicia.
[9] Me contó mi padre que, para estupor de propios y extraños, se
dio el caso de que en una ocasión El
Fuerista fue recibido ensobrado conjuntamente con la participación o
invitación a la boda de un conocido matrimonio pamplonés.
[10] Manuel de Santa Cruz, op.
cit. tomo 16 (1954), da noticia acerca de la importancia que tuvieron a
mediados de los años 1950 las artes gráficas de los carlistas valencianos en la
edición de toda clase de impresos y boletines con destino a toda España.
[11] A los petardos les dieron
buen uso los jóvenes requetés para desesperación del “Poncio”.
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